Por Rev. Isaac Machado
Los tiempos son importantes en nuestras vidas. Necesitamos organizarnos y, por eso, buscamos constantemente herramientas que nos ayuden a darle estructura a la vida. No es casualidad que, al acercarse estas fechas, muchos comiencen a comprar agendas para el año que viene, o empiecen a buscar aplicaciones de planificación o calendarios nuevos para empezar a organizar el nuevo año. ¿Y qué significa todo esto? Que el año está llegando a su fin y que, de una manera u otra, todos sentimos la necesidad de marcar un antes y un después, de cerrar un ciclo y abrir otro con nuevas metas.
Sin embargo, para la Iglesia ocurre algo diferente pero profundamente significativo: nuestro año no termina exactamente cuando termina el calendario regular. El año litúrgico concluye aproximadamente una semana antes de diciembre (cercano al día de San Andrés para ser específicos) y abre paso a un nuevo comienzo, no marcado por fuegos artificiales ni resoluciones de año nuevo, sino por el Adviento: un tiempo de esperanza, expectación y preparación. Mientras el mundo entra en el caos del cierre de año, y vemos las calles abarrotadas de gente, comprando regalos, haciendo largas filas para comprar el número de la lotería, tomando chocolates con churro o vino caliente, la Iglesia entra en el silencio expectante de quienes aguardan al Salvador que viene; alrededor de la corona de Adviento, esperan en las promesas del Señor.
Como cristianos, nuestra meta no es simplemente “lograr objetivos para el año”, sino vivir en comunión con Cristo, nuestro Señor, «desde el pesebre hasta Jerusalén, desde la vía dolorosa hasta la tumba, desde la resurrección hasta su ascensión y la vida eterna». Esa progresión no es metafórica: el calendario litúrgico nos ofrece justamente ese itinerario, no solo para recordar eventos históricos, sino para implicarlos en nuestra vida presente.
El Calendario Litúrgico permite a cada cristiano tomar el tiempo como un don sagrado de Dios y poner a Cristo en el centro de sus vidas. El ritmo de la vida cristiana va marcado con el inicio de la semana, el día del Señor (domingo), y esto marca nuestros días, semanas y años.[1]
La Iglesia armonizó su calendario con las estaciones de la naturaleza.[2] Justamente cuando en el hemisferio norte de la Tierra la vida natural empieza a morir con la llegada del otoño y el invierno, la iglesia inicia su año con los temas de juicio y espera. Mientras los días se acortan y la noche se hace más larga, la iglesia aguarda al novio como aquellas diez vírgenes (Mt 25.1-13) y, en medio de esa espera, reflexionamos en las promesas del Mesías hasta que, en el día del solsticio de invierno, celebramos la encarnación del Sol Invictus “nacerá el sol de justicia y en sus alas traerá salvación” (Malaquías 4:2).[3]
Y luego, cuando la naturaleza empieza a renacer con la primavera y el verano, la iglesia entra en un tiempo de celebración por la resurrección de nuestro Señor; el primogénito de toda la creación vive y reina y crea fe en su iglesia para que lo adoremos. (1 Co 15.20)
Con el tiempo, estas celebraciones dieron forma a lo que hoy conocemos como el Año Litúrgico, que se divide en tres grandes ciclos:
- El ciclo de Navidad (Adviento, Navidad y Epifanía),
- El ciclo de Pascua (Cuaresma, Semana Santa y Pascua),
- El ciclo del Tiempo de la Iglesia (Pentecostés hasta el final del año).
Cada tiempo litúrgico tiene su propio carácter, color y tono teológico. No se trata solo de recordar hechos pasados, sino de confesar que el Cristo resucitado sigue actuando hoy en su Iglesia. “El Evangelio no nos habla de cosas pasadas, sino de Cristo presente, que cada día viene a nosotros por su Palabra y su Espíritu.[4]
Por eso, el calendario cristiano no es una vuelta al pasado, sino una mirada constante al Cristo vivo que reina y gobierna a través de los medios de Gracia y que ha prometido venir nuevamente para que compartamos la eternidad junto con Él.
Cuando la Iglesia celebra el Año Litúrgico, proclama una gran verdad: que el tiempo no pertenece al azar ni al hombre, sino a Dios. Cada domingo y cada fiesta son una confesión de que la historia tiene un Señor, y que ese Señor viene a nosotros con gracia, no con juicio, por medio de su Iglesia y sus medios de gracia.
Entonces, ¿por qué importa el Calendario Litúrgico hoy, en un mundo tan rápido y desorientado? En primer lugar, porque nos ayuda a “anclar” nuestra vida en Cristo y su historia. Cuando el año litúrgico nos guía, no estamos improvisando nuestra fe; estamos participando en un recorrido sagrado.
En segundo lugar, el Calendario Litúrgico ofrece un puente entre lo personal y lo comunitario: nuestros devocionales privados y nuestro horario personal pueden alinearse con la vida sacramental de la iglesia, lo que refuerza nuestra pertenencia al Cuerpo de Cristo.
En definitiva, el Calendario Litúrgico es una planificación sagrada. No es un capricho histórico ni una decoración litúrgica: es un instrumento teológico y pastoral que nos orienta hacia nuestra verdadera meta: Cristo mismo. Es una confesión de fe en el tiempo. En él aprendemos a mirar los días no como una repetición vacía, como si fueran el día de la marmota, sino como una historia viva que tiene principio y fin en Cristo. Cada Adviento nos recuerda que Él vino; cada Pascua, que vive; cada Pentecostés, que actúa; y cada final de año, que volverá.
“Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos” (Hebreos 13:8).
Y en ese “hoy” eterno, la Iglesia vive, celebra y espera.
[1]Arthur Just Jr A. El cielo en la tierra: Los dones que Cristo da en el servicio divino/Heaven on Earth: The Gifts of Christ in the Divine Service (Spanish Edition). Kindle Edition.
[2] Ibid.
[3] Ibid.
[4] Martin Luther, Sermons on the Gospel of St. John: Chapters 1–4, en Luther’s Works, vol. 22, ed. Jaroslav Pelikan (St. Louis: Concordia Publishing House, 1957), 11.
