Pequeña reflexión sobre el Último domingo de la Trinidad

Pequeña reflexión sobre el Último domingo de la Trinidad

San Mateo 25:1-13

Rev. Alisson Jonathan Henn[1]

 

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Mis hermanos, tengo una pregunta para ustedes: ¿Cuál es el peor sonido que han escuchado?
Para algunos, puede ser el ruido de la ciudad, el sonido de una bocina, o alguien comiendo con la boca abierta. Otros dirán que es la música demasiado alta, las conversaciones estridentes, o el sonido del despertador. ¿Y para ti, cuál sería el peor sonido?

Muchos recuerdan la noticia del peor tsunami del mundo moderno: el que ocurrió el 26 de diciembre de 2004. Fue el tercer mayor tsunami de la historia. Murieron cerca de 300 mil personas, varios países fueron afectados, pero principalmente Indonesia, con olas de hasta 20 metros de altura. El sonido asociado a ese tsunami fue descrito como un ruido fuerte y penetrante, similar al de un tren que se aproxima o a una enorme explosión. Para muchos, ese fue el peor sonido que escucharon en su vida.

Pero, mis hermanos, eso fue solo una manifestación de la naturaleza. Ahora, ¡imaginen el sonido del Juicio Final! No será en una región o país, sino en todo el mundo. La Biblia nos dice en 2 Pedro 3:10:
“Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas.”

Hoy es el último domingo del año litúrgico. La próxima semana comienza el Adviento, el tiempo de preparación para la venida de Cristo. Tradicionalmente, en estos últimos domingos, la Iglesia reflexiona sobre el fin de los tiempos, el juicio final y la segunda venida de Jesús, cuando Él vendrá para juzgar a vivos y muertos.

¿Por qué habrá juicio?
Porque hay algo en nosotros que trajo dolor, sufrimiento y muerte: el pecado. Dios habló por medio del profeta Jeremías (25:31):
“El estruendo llegará hasta los confines de la tierra, porque Jehová tiene controversia con las naciones; entrará en juicio con toda carne; a los impíos los entregará a la espada, dice Jehová.”

El pueblo de Israel había olvidado el primer mandamiento, buscando solo las cosas del mundo. ¿Y nuestro mundo hoy? ¿Es diferente? ¡No! Porque seguimos teniendo lo mismo: el pecado. Además, el diablo nos tienta diciendo: “El pecado no es tan grave, todos lo hacen”, o “Vivimos en tiempos modernos, la Palabra de Dios ya no aplica”.

Pero la verdad es que el día del Señor llegará con estruendo, como ladrón en la noche. Jesús mismo lo dijo: “Como el relámpago que sale del oriente y se ve hasta el occidente, así será la venida del Hijo del Hombre” (Mateo 24:27).

¿Cómo estar preparados?
Jesús nos enseña en la parábola de las diez vírgenes (Mateo 25:1-13): cinco prudentes y cinco imprudentes. Las prudentes tenían aceite para sus lámparas; las otras no. Cuando llegó el novio, ya era tarde para buscar aceite. Así será el día del Señor: no habrá tiempo para improvisar.

Por eso, hoy es tiempo de arrepentimiento. Jesús no ha venido todavía porque es misericordioso y nos da tiempo para volvernos a Él. Quien confía en Cristo, quien reconoce sus pecados y vive en arrepentimiento, no escuchará el sonido de la ira, sino la dulce voz del Salvador:
“Venid, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.”

¿Cuál será nuestra reacción?
Para algunos, el juicio será motivo de terror; para otros, motivo de alegría. Por eso oramos cada día: “Venga tu reino”. Porque sabemos que nuestro Padre es misericordioso, que nos ha dado el bautismo, el perdón y la promesa de vida eterna.

El sonido del juicio para los hijos de Dios no será de condena, sino de amor. Como dice Pedro:
“Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia.” (2 Pedro 3:13)

Ese es el regalo maravilloso que Dios nos ofrece por la obra de Jesús.

Por lo tanto, podemos confesar con el Credo:
“Jesús vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos.”
Y podemos decirlo sin miedo, porque permanecemos en Cristo, el aceite que nunca se acaba. Cuando escuchemos la voz del novio, levantaremos la cabeza y nos alegraremos, porque nuestra redención está cerca.

Que Dios guarde estas palabras en nuestros corazones y mentes, en Cristo Jesús, nuestro Señor y Salvador. Amén.

 

[1] Licenciado en Teología por la Universidad Luterana de Brasil (ULBRA), 2014, Canoas, RS. Postgrado en Teología y Pastoral de la ULBRA (2016). Estudiante de maestría en el Seminario Concordia. Pastor de la IELB (Iglesia Evangélica Luterana do Brasil) y Misionero Alianza en Madrid, España.

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