Una mirada al Catecismo Mayor de Lutero (Octavo Mandamiento)

Rev. Alisson Jonathan Henn

 

La epístola de Santiago nos confronta con una verdad profunda y perturbadora: “La lengua es un fuego” (Santiago 3:6). Aunque pequeña en tamaño, la lengua posee una capacidad descomunal para causar daño. Puede destruir reputaciones, sembrar discordia, herir corazones y desintegrar comunidades enteras. Santiago la compara con un timón diminuto que dirige un gran barco (v. 4), o con una chispa capaz de incendiar un bosque entero.

 

Esta advertencia se conecta directamente con el octavo mandamiento: “No darás falso testimonio contra tu prójimo”. Este precepto no se limita al ámbito judicial; se extiende a cada palabra que pronunciamos sobre los demás, a cómo usamos nuestra voz ante Dios y ante los hombres.

 

Santiago no suaviza su lenguaje: “La lengua… contamina todo el cuerpo… Es un mal desenfrenado, cargado de veneno mortal” (Santiago 3:6,8). Ante esta afirmación, surge una pregunta inevitable: ¿Cómo hemos usado nuestra lengua?

 

El Catecismo Mayor de Lutero ofrece una interpretación profunda del octavo mandamiento, señalando que este prohíbe: Mentiras y calumnias, incluso cuando se disfrazan de “verdad” u “opinión”; chismes y difamaciones; juicios precipitados y maliciosos, y también, el silencio cómplice cuando deberíamos defender al prójimo.

 

Dios prohíbe el falso testimonio porque, en Cristo, estamos llamados a vivir en la verdad y el amor. Mentir es alinearse con Satanás, el padre de la mentira. La mentira causa sufrimiento, injusticia y separación.

 

Lutero resume el mandamiento con claridad: “No debemos mentir, traicionar, calumniar o difamar a nuestro prójimo”. Por ello, debemos ser cautelosos con cada comentario que hacemos. Nuestras palabras pueden empañar el nombre de alguien, crear prejuicios y destruir su imagen.

 

En lugar de eso, Lutero propone: “Hay que disculparlo, hablar bien de él e interpretarlo todo de la mejor manera”. Esta actitud, aunque difícil, refleja el corazón de Dios. Es más fácil hablar de los errores ajenos que enfrentar los propios, pero el mandamiento nos llama a defender, no a destruir.

 

Santiago lamenta: “Con ella bendecimos al Señor… y con ella maldecimos a los hombres hechos a semejanza de Dios… Hermanos míos, no es conveniente que estas cosas sean así” (Santiago 3:9-10). Esta contradicción es precisamente lo que denuncia el octavo mandamiento. Usamos nuestras bocas para alabar a Dios, pero también para herir a nuestros hermanos. Esto es hipocresía.

 

Sin embargo, hay esperanza. Santiago afirma: “El que no tropieza en la lengua, es perfecto” (Santiago 3:2). Ese “perfecto” es Cristo. Él es el Verbo eterno (Juan 1:1), quien nunca mintió, nunca calumnió, nunca juzgó injustamente. Por el contrario: defendió a los heridos (Juan 8:11); guardó silencio ante los acusadores por amor a nosotros (Isaías 53:7), oró por quienes lo calumniaban: “Padre, perdónalos” (Lucas 23:34).

 

En la cruz, Jesús pagó también por los pecados de nuestra lengua. Si hemos chismeado, difamado o fallado en defender a otros, hay perdón. Cristo tomó ese pecado sobre sí mismo y nos limpia con su verdad y misericordia.

 

El Catecismo Mayor nos llama a una práctica concreta: “Debemos evitar la calumnia y, por el contrario, ocuparnos de excusar, ocultar y encubrir las faltas de los demás”. 

 

Lutero afirma que, además del cuerpo, el cónyuge y los bienes materiales, hay un tesoro que no podemos perder: el honor y la buena fama. Dios quiere que cada persona conserve su dignidad ante su familia, sus vecinos y su comunidad.

 

Queridos hermanos y hermanas, Dios desea redimir no solo nuestros corazones, sino también nuestras lenguas. Que nuestras palabras bendigan a Dios, confiesen a Cristo y edifiquen al prójimo. “Que tu palabra sea siempre misericordiosa, sazonada con sal” (Colosenses 4:6). Que, al hablar, seamos reflejo de Jesús, la Verdad que nos hace libres.

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