Una mirada al Catecismo Mayor de Lutero (Noveno y Décimo Mandamientos)

 

Rev. Alisson Jonathan Henn

 

La envidia es, sin duda, uno de los pecados más ocultos y menos confesados en nuestra sociedad. A diferencia de la ira o la pereza, que se manifiestan con gestos visibles y actitudes reconocibles, la envidia se esconde en lo más profundo del corazón humano, operando en silencio, sin síntomas evidentes. Como bien se ha dicho, “la envidia es un virus que no tiene síntomas”, y esta afirmación revela una verdad inquietante: todos la padecemos, pero pocos la reconocen.

 

Vivimos en una era donde las redes sociales se han convertido en vitrinas de vidas aparentemente perfectas. Basta abrir una aplicación para ver a alguien disfrutando de vacaciones en la playa mientras otros trabajan arduamente. Esta exposición constante a las bendiciones ajenas puede despertar en nosotros un deseo insano: no solo querer lo que el otro tiene, sino incluso alegrarnos si lo pierde. Este fenómeno no es nuevo; está presente en cuentos infantiles, novelas, películas y, sobre todo, en la vida real.

 

La envidia no es simplemente el deseo de poseer lo que otro tiene. Es un sentimiento más profundo y destructivo: es el malestar por el bien ajeno. Es el deseo de que el otro no tenga, incluso si nosotros no llegamos a tenerlo. Es el placer oculto ante la caída del prójimo. En alemán, existe una palabra que describe este sentimiento: Schadenfreude, que significa “alegría por el sufrimiento ajeno”. 

 

La Escritura no ignora este pecado. De hecho, lo aborda directamente en el décimo mandamiento:

 

“No codiciarás la casa de tu prójimo” (Éxodo 20:17).

“No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni sus siervos, ni su ganado, ni nada que le pertenezca”.

 

Estos mandamientos no solo regulan nuestras acciones externas, sino que revelan la intención del corazón. Como enseñó el apóstol Pablo en Romanos 7:7, “yo no habría conocido la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás”. La Ley actúa como un espejo que refleja nuestra verdadera condición: pecadores necesitados de redención.

 

Martín Lutero, en su Catecismo Menor, explica que estos mandamientos nos llaman a temer y amar a Dios, evitando todo intento de obtener lo ajeno por medios injustos, y promoviendo el bienestar del prójimo. Sin embargo, ¿quién puede decir que ha cumplido esto perfectamente? La Ley, como afirma C.F.W. Walther, “no da poder para cumplir lo que exige”, sino que revela el pecado y la condenación que merecemos.

 

La Ley nos condena, pero el Evangelio nos libera. Cristo, con su obediencia perfecta, cumplió la Ley en nuestro lugar. Su sacrificio en la cruz pagó el precio de nuestros pecados, incluso aquellos que nadie ve, como la envidia. Romanos 8:1 declara: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús”. Esta es la esperanza del cristiano: no en nuestra justicia, sino en la justicia de Cristo.

 

Gálatas 3:10 nos recuerda que “todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición”, pero el Evangelio proclama que Cristo nos redimió de esa maldición. Su sangre nos limpia de todo pecado (1 Juan 1:7), y por su gracia, recibimos un corazón nuevo, capaz de desear sinceramente el bien del otro.

 

La vida en este mundo es injusta a causa del pecado. Pero Dios, en su misericordia, nos ha dado todo lo que tenemos, sin que lo merezcamos. Cuando la envidia toque a nuestra puerta, recordemos:

 

Todo lo que poseemos es un regalo inmerecido de Dios.

La injusticia terrenal no es eterna; Dios ajustará todas las cuentas.

Jesús murió en nuestro lugar, para que tengamos vida eterna.

Con Cristo, incluso nuestros pecados más ocultos son perdonados.

 

La Ley nos muestra nuestra necesidad, pero el Evangelio nos da la solución. Que esta verdad nos lleve a confiar más en Dios, a fortalecer nuestra fe mediante la Palabra y la oración, y a vivir con gratitud, sabiendo que en Cristo somos libres.

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