Sermón del 28 de junio

Sermón Dominical

Iglesia Luterana Emmanuel (Madrid)

28/Junio/2020

Tercer Domingo de Trinidad.

 

COLECTA DEL DÍA

Oh Dios, protector de todos los que confían en ti, nada es firme y nada es santo sin ti. Abunda con tu misericordia, para que, teniéndote a ti por soberano y guía, pasemos por lo que es temporal y no perdamos lo que es eterno; por Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor, que vive y reina contigo y con el Espíritu Santo, siempre un solo Dios, por los siglos de los siglos, Amen.

Lucas 15, 1-10

“Se acercaban a Jesús todos los publicanos y pecadores para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: Éste a los pecadores recibe, y con ellos come. Entonces él les refirió esta parábola, diciendo: ¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso; y al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos, diciéndoles: Gozaos conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido. Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento.

¿O qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una dracma, no enciende la lámpara, y barre la casa, y busca con diligencia hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas, diciendo: Gozaos conmigo, porque he encontrado la dracma que había perdido. Así os digo que hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente.”

 

Queridos amigos y hermanos en Cristo,

La gracia y la paz del Señor reposen sobre todos nosotros en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Estamos celebrando el tercer domingo de Trinidad, que nos facilita pensar de la mano del texto del Evangelio de Lucas que la Trinidad está profundamente implicada en la obra de nuestra salvación. Sí, cuando Dios decidió en la eternidad salvarnos tras nuestra caída, el Hijo se ofreció a rescatarnos para el perdón de nuestros pecados, sin embargo y como decía, nuestra salvación no es algo esencial del Hijo solamente, pues como hemos visto a lo largo de la Escritura, tanto el Padre, como el Espíritu Santo se han revelado en la obra de Cristo: en sus palabras y enseñanzas, en su vida de oración, en sus milagros y maravillas, en su valentía frente al mal que le acechaba continuamente. La trinidad estaba en Cristo salvando al mundo.

Hoy sigue siendo igual. Seguimos perdiéndonos y Él sigue encontrándonos. No hay obra humana que nos devuelva a Dios. No hay nada que nos justifique ante Él con nuestras obras.

Nuestras obras nos permiten sobrevivir en un mundo en el que, si no producimos todo lo que necesitamos, morimos sin remedio. Nuestra vida es una continua lucha, que no nos salva, nos mantiene, pero no nos hace encontrar a Dios. Es más, nuestra suficiencia nos hace llegar a creer que Dios no exista o que, incluso, si existe, podamos sacar pecho ante Él, reírnos de Él y que le neguemos hasta lo sumo. Así somos la humanidad caída.

Si Cristo no viniera a nuestro rescate, pereceríamos. Solamente, quien es consciente de que humanamente nada ni nadie puede salvarnos, nos coloca en la confianza reposada del Hijo de Dios en su obra en la cruz por nosotros. El ser humano imperfecto que se atreve a clamar en lo profundo del corazón…

“Dios mío, en ti confío;

Porque tú eres el Dios de mi salvación;

Mis ojos están siempre hacia Jehová,

Porque él sacará mis pies de la red.” Salmos 25

…Puede reconocer al Salvador como SU Salvador. Dios como confianza, nuestros ojos puestos en Jesús que viene de lejos a rescatarnos, porque nuestro pie acaba de quedar atrapado en una red, que no nos deja movernos y nos ata agónicamente. Unas cuerdas a la que negamos su poder sobre nosotros en principio, negando que sean mortales para nosotros, hasta que el hambre, la sed, los depredadores, el frío o el calor se hacen fuertes y, entonces nos damos cuenta de cómo es el pecado que nos atrapa y trata de matarnos, de forma que cuanto más lo negamos o le quitamos importancia, más nos ata y enreda, hasta no poder desatarnos por nosotros mismos: -¿Y ahora, qué?-

Cristo, quien nos ama más que a sí mismo, con la obra de su cruz está viniendo a mí para desatarme, una vez tras otra, dejando a las almas que están resguardadas en su Reino,  para venir a por mí con su liberación.

¡No! Ni el cuchillo ni las tijeras que trae para desenredarme son para mi carne, Dios no nos ajusta las cuentas como un sacerdote a un cordero en el Templo, sino que Él es el que se entrega, Él es el que muere, Él es el que se sacrifica a sí mismo por nosotros. El frío acero rompe nuestras cuerdas que nos atan y mata el mal que nos daña, de forma que podemos reconocer junto al profeta Miqueas, que:

“Él volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados.” (Miqueas 7).

Nuestros pecados son destruidos, nuestras iniquidades ahogadas y enterradas en las profundidades más recónditas del océano. El pecado ya no nos lleva al fondo con él, sino que, vencido por Cristo, se hunde solo en el abismo del olvido por parte de Dios.

Es así que, podemos comprender lo que el teólogo Hermann Sasse explicaba que la esencia más profunda de la revelación de Dios se oculta en la obra de Cristo en la cruz, remachando la idea del maestro Lutero en la que enseñaba que el cristianismo se sostiene o se cae dependiendo de la importancia que demos a la obra del Señor en la cruz, y precisamente eso es lo que explica el Evangelio y no otra cosa.

Yo soy esa oveja perdida, yo soy esa dracma trabada en algún rincón de la casa. Quien se pierde es incapaz de encontrarse a sí mismo. Jesús me descubre, me rescata, me encuentra, me toma de la mano, haciendo de ello un acto gozoso para mi alma, gozoso para Él, que me carga sobre sí, gozoso para quienes ven cómo Cristo viene con alguien sobre sus hombros al redil de los seres que ama.

¿Qué mérito me queda en esta obra? ¿Qué puede mi condición humana sumar a esta obra? ¡Ninguna! Verdaderamente solo mi grito de dolor, mi grito de angustia, mi petición de auxilio, haciendo mío, como ser humano caído esta expresión de Pablo a Timoteo:

“…Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero. Pero por esto fui recibido a misericordia, para que Jesucristo mostrase en mí el primero toda su clemencia, para ejemplo de los que habrían de creer en él para vida eterna. Por tanto, al Rey de los siglos, inmortal, invisible, al único y sabio Dios, sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.” (1 Timoteo 1,12-17)

Cristo me da su excelencia, me muestra su misericordia, su clemencia. No sólo me la da, sino que me hace vivir en ella. Acudir a la Palabra es asistir al mismo momento de mi liberación, porque es la Palabra de Cristo que rompe las cadenas de nuestro pecado liberándonos del mal, una Palabra que nos hace revivir el acto de su pasión, su crucifixión, muerte y resurrección por nosotros, recordándonos que la cruz es la fuente de nuestro rescate y salvación, como ovejas perdidas. Acudir al sacramento del Pan y del Vino nos trae el acto único de Cristo a nuestra necesidad y realidad presente, haciéndonos recibir y vivir su pleno perdón.

Venir ante Dios es el momento en que se marca nuestra necesidad de ser rescatados, de ser encontrados de Él, su Palabra y sacramentos, hacen real su misericordia con nosotros.

La liturgia, nos lleva de nuestra necesidad a nuestro rescate, pasando por la expresión del gozo de la salvación en la alabanza y acción de gracias de los salvados eternamente, a los que esperan en la salvación y el reconocimiento de la gloria de Dios en ella. Pablo así nos lo recordaba y no solo incluyendo la imprescindible obra del Hijo, sino incluyendo en su acción de gloria y alabanza, la también imprescindible acción de “DIOS” el Padre y el Espíritu también, a los que no vemos, ciertamente, al que es único, a pesar de ser tres, al que sabe de qué manera nos atrae a sí mismo en su inmensa sabiduría para traernos a su Reino. Haciéndonos parte de la Iglesia en la tierra, y a la vez Iglesia en la gloria.

Nuestro rescate, el encuentro de Cristo con mi alma perdida, es una acción de Dios que le provoca alegría a Él como Salvador, que provoca alegría y regocijo a mi alma liberada, limpiada y curada, sin embargo, esto no termina ahí. También trae alegría y regocijo a la Iglesia viviente en la tierra, que ve como crece el Reino. Dios mismo en su gloria se regocija viendo como un ser humano más, y junto a Él, la Iglesia en gloria, y los ángeles que acompañan y custodian la gloria de Dios, miran el resultado de la obra del Hijo y se llenan de una inmensa alegría, incontenible. No podemos imaginarnos el alcance de esto, aunque algún día lo sabremos.

El Dios que nos protege y que hace que no nos perdamos lo eterno, por la distracción de lo que es temporal haciendo santo todo lo que toca nos siga rescatando en nuestras necesidades y traiga mucho gozo en la gloria por almas que pasan de muerte a vida. En el nombre de Jesús. Amén.

Categories SERMONES | Tags: | Posted on junio 30, 2020

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