Sermón del 29 de septiembre

Fiesta de San Miguel y todos los ángeles

Daniel 10:10-14, 12:1-3, Apocalipsis 12:7-12, San Lucas 10:17-20

La Guerra y la Paz

Las noticias recientes me ponen nervioso. No me refiero a la vergüenza que es la pelea de barro entre Trump y los demócratas en mi país, ni tampoco de la repetición electoral en España, aunque las dos son negativas, en mi opinión. No, me preocupen las guerras pequeñas pero constantes en el Golfo de Persia y en todo el Medio Oriente, guerras que amenazan estallar en conflagraciones, involucrando los grandes poderes del mundo.

Hace poco, había una intensificación, la destrucción con drones de unas instalaciones petroleras de Arabia Saudí. Estoy nervioso, porque hace 29 años había también mucha tensión en la región, un estado de guerra hirviendo a fuego lento, que de repente estalló en una guerra que volteó mi vida patas arriba, junto con las vidas de millones de personas, una guerra que resultó en muchas muertes, mucha destrucción, mucho sufrimiento. Y todo esto de una guerra que, históricamente, era corta y no muy sangrienta.

Estoy nervioso, porque la importancia del petróleo sigue, y la discapacidad de convivir que los poderes en la región siempre han mostrado no ha disminuida.

Mi oración es que podamos evitar una guerra generalizada en la región. Pero yo sé que, pronto o tarde, la guerra volverá, y en muchos lugares. De verdad, siempre hay guerras pequeñas en el mundo, y de vez en cuando, a pesar de todos los esfuerzos de todos los líderes de buena fe en el mundo, guerras grandes estallarán.

¿Por qué es así?

Porque la guerra, y la paz, como las entendemos, son síntomas, son consecuencias de la verdadera guerra, la cual es el tema de nuestra fiesta hoy, la guerra de San Miguel y todos los ángeles contra Satanás y sus demonios. No estoy diciendo que en las guerras terrenales siempre hay un lado que es de los ángeles, y otro lado que es de los demonios.

Siempre hay errores y pecados de ambos lados en cualquier guerra humana.

Aunque muchas veces sí, hay un líder o una nación que lleva la mayor responsabilidad para una guerra particular, cada participante en una guerra terrenal tendrá su propia culpabilidad en algo. Porque nadie en el mundo esté exento del veneno que corre en todo el todos nosotros.

Nadie pueda decir que nunca haya codiciado los bienes de otro, que nunca haya despreciado a otro para mejorar su propia situación, que nunca pudiera compartir la culpa por un conflicto. El conflicto, de cualquier tamaño, es un distintivo constante entre los seres humanos, porque vivimos en el ámbito de la guerra celestial entre los ángeles de Dios y los huestes del Diablo.

Después de una guerra, siempre discutimos sobre los responsables. Normalmente los victoriosos, si haya vencedores claros, culpan a los derrotados.

También nos gusta acusar a los gobiernos por causar o permitir la guerra. Y está bien que responsabilicemos a las instituciones y personas claves, para que en el futuro pudiéramos experimentar menos guerra.

Pero al mismo tiempo, no nos engañemos a nosotros mismos. Cada líder que debe tomar decisiones para impedir la guerra es nada más que un pecador, luchando contra la manera del mundo, y su propia naturaleza. Si tú y yo pensamos que haríamos mucho mejor si tuviéramos esta responsabilidad, bueno, eso es muy dudoso. Hasta que el Señor llama a los ángeles que toquen la trompeta final, la guerra será un constante en el mundo, a veces peor, a veces mejor, pero constante.

Esto es la manera del mundo, y aunque deberíamos resistirla, pensar que podamos vencerla es una idea equivocada.

Por tanto, alabanzas sean a Dios que estamos celebrando la fiesta de San Miguel y todos los ángeles, para que entendamos la verdad de la guerra y la paz, y que, recibiendo aquí la verdadera Paz de Dios, volvamos al mundo con esperanza y amor, preparados de confesar la fe en Cristo, nuestra confianza en su fidelidad, que ya nos ha ganado la guerra verdadera, rescatándonos y dándonos entrada en su reino de paz.

¡Pero, qué guerra más extraña! La guerra de San Miguel y todos los ángeles contra Satanás y todos los ángeles caídos podría parecer como un cuento de fantasía, porque es invisible a nosotros, normalmente. Es solo cuando el Señor quiere que los ángeles tomen una forma visible, siempre para fortalecer nuestra fe.

A veces los ángeles se aparecen para anunciar un evento extraordinario, como en la Anunciación a María, que ella sería la madre del Hijo de Dios, o cuando los ángeles anunciaron la Navidad a los pastores.

Otras veces, los ángeles aparecen para fortalecer la fe de una persona, involucrada en la guerra celestial, tal vez sin saber, alguien en necesidad de algo más, una visión angélica, para continuar andando en el camino de fe.

Pero las apariciones de los ángeles son raras.

Normalmente, solo podemos ver las luchas entre hombres, o las persecuciones que sufre la Iglesia. La ciencia no puede medir estas batallas celestiales, y la ciencia social solo puede observar sus consecuencias en las vidas de personas. Pero el hecho que no podemos observar la guerra celestial no cambia su realidad. Seguramente, es una batalla real, y extraña.

Aún más extraña es la bomba atómica de esta guerra. Es la guerra para terminar todas las guerras, mucho más importante que cualquier guerra terrenal.

Pero el arma más poderosa de que San Miguel

dispone es… la sangre del Cordero. Escuchad de nuevo: el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, … y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio. La derrota de todos los poderes malos fue realizada por medio de la sangre del Cordero, y de la palabra del testimonio…

Qué armas tan débiles: la sangre de un moribundo, y unas palabras que testifican de Él. ¿Cómo puede ser que estas cosas tengan tanto poder? ¿Qué tipo de guerra es esto?

Es la guerra que no solamente derrota a Satanás, pero esta guerra también te salva. El Dios Todopoderoso pudiera haber destruido a Satanás y sus huestes en cualquier manera que quisiera, con una sola palabra divina. Pero, porque las mentiras y el odio de Satanás también infeccionaron a nosotros, los pecadores todavía amados por el Señor, Él eligió un arma distinta, un arma aparentemente débil, un arma que es la humillación, sufrimiento y muerte del Rey de los Cielos, el Hijo de Dios, hecho hombre, para rescatar a todos los hombres.

Esta guerra de San Miguel, que en realidad es la guerra de Dios, no sigue la manera del mundo. La guerra del Dios encarnado es una manera nueva. En esta manera nueva, la manera divina de salvación, lo poderoso está escondido en debilidad. Lo milagroso está escondido en humildad. El mundo hace guerra en una manera opuesta, con coerción, poder física, y por infligir violencia, no por recibirla.

El Señor Cristo tiene una manera distinta. Venció sobre las peores plagas del mundo por tomar la carne humana de María, haciéndose hombre. Para vencer, Jesús se encargó del pecado humano, muriéndose para otorgarnos el perdón, y para derrotar a la muerte para toda la humanidad. Es una manera completamente inesperada para luchar una guerra.

La manera del mundo, la manera humana, solo entiende leyes y poder y castigo. El plan radical de salvación que Dios tuvo antes de la fundación del mundo vuelca todas nuestras expectativas. El Señor Dios se ofrece a sí mismo sin condiciones previas. El Capitán de los ejércitos celestiales puso todas sus armas en el suelo y entró en nuestro mundo como un predicador itinerante. Este Jesús desarmado anunció un estado de paz entre Dios y nosotros, quienes siempre estamos en guerra contra Él por nuestro propio pecado y rebelión. Dios en Cristo entró en nuestro mundo para abrazarnos en paz y calmar nuestra locura por la guerra. Pero nuestro abrazo a él fue diferente. Nuestra respuesta fue de atarlo, de abusar, golpear y luego crucificarlo.

Aun esto el Señor aceptó como un coste razonable. Recibió nuestra rabieta malvada, envolviendo nuestra rabia en su propio cuerpo. Como un padre que abraza a su niño durante una rabieta hasta que el niño tranquilice, Jesús abrazó a todo el pecado del mundo dentro de sus brazos extendidos en la Cruz, extinguiendo nuestro mal en su propio sangre y muerte. ¿Qué otro general alguna vez hizo tal cosa?

Ninguno. Solo el Señor Jesucristo quiso y pudo hacerlo. Es de verdad una manera nueva de ganar una guerra.

Los dictadores y megalomaníacos suelen declarar un nuevo reino que durará mil años, pero nunca dure mucho, unos pocos años normalmente. Solo el reino del Señor Jesús, el resucitado, será eterno. Y no porque puede mostrar cientos de divisiones marchando en unisón, ni por poder llenar estadios con grandes muchedumbres enloquecidas, ni por golpear con miedo a los corazones de sus adversarios. La Iglesia de Cristo no puede hacer ninguna de estas cosas. Sino que el Señor Jesús pone niños pequeños en su ejército, solo armados con su gracia.

El Señor Cristo no viene con pompa y ceremonia, pero en la humildad de la Palabra recitada y proclamada, en la sencillez del agua unida a su nombre, y en el pan y vino, convertidos para ser también su propio cuerpo y sangre. Todos estos dones son otorgados en reverencia por hombres humildes, llamados para servir el Pueblo de Dios, aquí, en el campo de batalla verdadero. El Señor no quiere dar temor, más bien quiere calmar y quitar temor, trayendo su paz a los corazones.

Esto es claramente una manera de guerra distinta, y en esta guerra, tu eres el vencedor, a través de recibir la Paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento, y que guarda tu corazón y tu mente, en Cristo Jesús, hasta la vida eterna, Amén.

 

Vídeo del sermón:

https://lcms.zoom.us/recording/play/C4zVCM9vZwq hFipDKi4_ZqmS2DjaJu- NneeBspvFNRGQbl_TN268P_WQobLHbLct

 

Audio del sermón:

https://lcms.zoom.us/recording/play/Qf13yHO8U6ic8 ZHczC_oewSIuMJ9zJBNrPsynYxGy6ADNV6soXtU CSTYXt17uB3j

Categories SERMONES | Tags: | Posted on octubre 1, 2019

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